Pablo Remón construye un caleidoscopio de historias alrededor de una pareja, sus conflictos, la maternidad y paternidad, las decisiones tomadas y las vidas que podrían haber sido. Los personajes se narran, se escriben y cambian continuamente de posición entre autor y personaje.
EL RETO
Hacer visible cuándo la realidad empieza a mezclarse con la ficción.
Desde la ayudantía de vestuario, el reto de El entusiasmo estaba en acompañar la propuesta de Ana López Cobos dentro de una obra que cambia constantemente de registro. Los personajes pasan de una cotidianidad reconocible a situaciones más imaginadas, simbólicas o directamente absurdas, y el vestuario tenía que permitir esos saltos sin romper la unidad del conjunto.
La dificultad estaba precisamente en encontrar el equilibrio entre una ropa aparentemente sencilla —jerséis, pantalones amplios, camisetas, prendas domésticas— y elementos que irrumpen con fuerza, como unas alas, una máscara o una capa. Cada cambio debía entenderse de inmediato, pero sin convertir el vestuario en un subrayado excesivo.
OBJETIVO
Que una sola prenda pudiera cambiar las reglas de la escena.
La intención era mantener una base contemporánea, cotidiana y cercana, para que los momentos de transformación adquirieran todavía más potencia. La mayor parte del vestuario construye personajes que podrían pertenecer perfectamente al presente: siluetas limpias, colores contenidos, prendas cómodas y una cierta normalidad deliberada.
Sobre esa base aparecen piezas que alteran completamente la lectura del personaje. Unas alas rojas, una capa de superhéroe o una máscara introducen de repente otra dimensión. El objetivo era que esos elementos funcionaran casi como interruptores visuales capaces de llevar al espectador de la vida cotidiana a la imaginación sin necesidad de cambiar todo el universo escénico.
RESULTADO
Lo cotidiano se convierte en extraordinario sin dejar de parecer real.
El resultado es un vestuario que puede pasar casi desapercibido cuando la escena necesita intimidad y adquirir una presencia muy marcada cuando la dramaturgia lo exige. Los tonos tierra, negros, verdes y neutros se integran con la madera y la estética doméstica del espacio, creando una imagen cercana y reconocible.
Frente a esa normalidad, los elementos de fantasía aparecen con colores mucho más intensos y códigos inmediatamente identificables. Ese contraste permite que el propio vestuario participe del juego de la obra entre realidad, recuerdo, deseo y ficción. En El entusiasmo, a veces basta ponerse algo distinto para empezar a ser otra persona.
¿Somos autores de nuestra vida o personajes de ella?




























